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Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri​ OL, fue un gran Escritor y político venezolano reconocido.
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 Después de Rómulo Gallegos, es el escritor venezolano que de más celebridad y consideración ha disfrutado en el siglo XX. Su novela Las lanzas coloradas (1931), con la que se dio a conocer cuando contaba apenas veinticinco años, contribuyó a forjar la tan hispanoamericana tradición del "realismo mágico".

Nació el 16 de mayo de 1906 en CaracasVenezuela, en el seno de una familia de abolengo.
Fueron sus padres Arturo Uslar Santamaría, de ascendencia alemana, y Helena Pietri Paúl, descendiente de corsos afincados en el estado Sucre. Su bisabuelo paterno, el general Juan Uslar, luchó en la guerra de Independencia, y su abuelo materno, el general Juan Pietri, fue presidente del Consejo de Gobierno en los inicios del régimen de Juan Vicente Gómez. Tanto su padre como su abuelo fueron generales en el ejército venezolano.
Siempre se ufanó Uslar de descender de luchadores por la Independencia de Venezuela y servidores de la patria, y solía destacar la presencia en su tronco familiar de un edecán de Simón Bolívar y de dos presidentes de Venezuela, Carlos Soublette y Juan Pablo Rojas Paúl. No es de extrañar, con tales antecedentes familiares y el hondo sentido de la responsabilidad histórica y ciudadana que le inculcaron sus padres desde niño, que Arturo Uslar Pietri dirigiera una buena parte de sus esfuerzos a labrarse una trayectoria política. Son legión los cargos públicos que desempeñó. Fue tres veces ministro: de Educación (1939-1941), de Hacienda (1943) y de Relaciones Interiores (1945). Ocupó la Secretaría de la Presidencia de la República (1941-1943) en el mandato de Isaías Medina Angarita.
Como representante del pueblo, fue electo diputado a la Asamblea Legislativa en 1944 y senador en el Congreso Nacional por el Distrito Federal (1958). Y como líder político presentó su candidatura a la presidencia de la República en 1963, con el lema "Arturo es el hombre". Obtuvo 16,1 por ciento de la votación nacional, porcentaje importante en un régimen electoral como el venezolano, de mayoría simple en única vuelta de escrutinio.
Uslar había estudiado primaria y secundaria en el Colegio Federal de Maracay y en el Liceo San José de Los Teques. Por su familia, vinculada a los círculos del poder gomecista, pudo conocer de cerca el complejo entramado de pasiones que lo caracterizaba y hacerse una temprana idea de la personalidad de Juan Vicente Gómez, el último gran caudillo venezolano. Este conocimiento de primera mano le fue muy útil a la hora de escribir relatos situados en esta época y, sobre todo, una de sus más notables novelas, Oficio de difuntos (1976).

Se licenció en Ciencias Políticas y Económicas y fue ministro de Educación (1939-1941) y de Hacienda (1939-1941), además de ejercer como redactor de la Ley de Educación de su país conocida como "Ley Uslar Pietri" (1940).



Cuando el presidente Medina cayó derrotado, fue encarcelado y desterrado a Estados Unidos. En 1958 regresó a Venezuela, pero de nuevo fue detenido por el dictador Pérez Jiménez. En 1963 se presentó a la candidatura a presidente de la República. Es miembro numerario de diversas Academias, entre ellas la de Lengua; le han otorgado premios importantes, como el Premio Nacional de su país en 1954 y el Príncipe de Asturias de las letras en España en 1990.

En su larga vida publicó medio centenar de novelas, cuentos, ensayos, poesía y artículos periodísticos. En su obra destaca la novela histórica Las lanzas coloradas (1931) su novela más universal, de la que se han editado dos millones de ejemplares. En ella nos narra los sucesos en la guerra de independencia de Venezuela a través de las experiencias de un propietario agrícola simpatizante de Simón Bolívar y de un capataz que apoya la causa de los españoles. El rechazo del autor venezolano a transmitir mensajes sencillos y a estructurar su obra con fines didácticos, la hace especialmente poco convencional. Después de algún tiempo apareció Un retrato en la geografía(1962), en la que se retrata la sociedad venezolana que consigue transmitir al lector la alienación humana a través de las impresiones que un prisionero político recién liberado va haciendo del nuevo paisaje social que encuentra a su salida de la cárcel.
Sus relatos acuñaron la definición de realismo mágico. Publicó una colección de relatos breves, Treinta hombres y sus sombras, en 1949.
Uslar Pietri cultivó además el ensayo literario como Breve historia de la novela hispanoamericana (1955), En busca del Nuevo Mundo (1969), Fachas, fechas y fichas (1985) o Godos, insurgentes y visionarios (1986). En 1986 apareció El hombre que voy siendo, libro en el que recopila gran parte de su obra poética.
Arturo Uslar Pietri falleció el 26 de febrero de 2001 en su casa de la caraqueña urbanización de La Florida. 



El prestigio de Uslar Pietri en Venezuela era enorme. Sus opiniones sobre cualquier asunto eran esperadas y, en algunos casos, temidas. Mucho antes de entrar en la vejez vio como sus obras ingresaban en los planes de estudio de colegios y liceos. Todo venezolano nacido en la década de 1950 ha tenido forzosamente que leer alguna página de este escritor. Aguardó en vano el galardón que más codiciaba: el Premio Cervantes. Pero ningún otro escritor venezolano obtuvo como él tantos premios y galardones por su obra narrativa, incluido el premio de novela más prestigioso del ámbito hispánico, el Rómulo Gallegos, y ha sido el único venezolano en recibirlo.
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El fallo del jurado del Premio Príncipe de Asturias, que le fue otorgado en 1990 por la novela La visita en el tiempo, reconoció en Arturo Uslar Pietri al "creador de la novela histórica moderna en Hispanoamérica, cuya incesante y fructífera actividad literaria ha contribuido señeramente a vivificar nuestra lengua común, iluminar la imaginación del Nuevo Mundo y enriquecer la continuidad cultural de las Américas". Uno de los miembros del jurado, el novelista mexicano Carlos Fuentes, juzgó que Uslar ha forjado "una concepción moderna de la novela, ofreciendo las sombras y las luces del proceso histórico", y que es el precursor de una concepción de la literatura en la que se reconocen otros autores, como el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez.

Ensayos:

Siembra de Petroleo


       Paradójicamente, el mayor problema de Venezuela es la riqueza. Hasta sobrepasar el primer tercio del siglo XX era un país pobre, atrasado, de escasa población, que vivía fundamentalmente de la agricultura y del trabajo de los venezolanos. Los presupuestos eran modestos, como las actividades del gobierno, limitadas por la escasez de los recursos pero, con todo ello, tenía una estructura económica normal dentro de la cual podíaalcanzar,con esfuerzoy acierto,algunasmetasrazonables de crecimiento. Se conocía la existencia de la riqueza petrolera y ya constituía el mayor rubro de los ingresos nacionales, lo que permitía a los gobernantes realizar las necesarias obras de infraestructura y llegar, incluso, a la extravagancia de cancelar totalmente la deuda pública externa. Los precios del petróleo en el mercado mundial se habían mantenido en niveles bajos que nunca llegaron a exceder los dos dólares por barril, por lo que, aunque la producción petrolera creció notablemente, el ingreso proveniente de ella se mantuvo en volúmenes razonables que podían manejarse prudentemente dentro de las limitadas condiciones del país. Ya desde entonces no era dificil advertir los problemas que la existencia de esa riqueza adventicia y no producida por el trabajo de la sociedad podía ocasionar en el futuro. Yo mismo, hace más de medio siglo, señalé la posibilidad de ese riesgo y lancé una voz de alerta. Fue entonces cuando dije que había que "sembrar el petróleo". La siembra del petróleo no era otra cosa que la utilización de esos recursos para el fomento razonable de una producción nacional distinta y complementaria de la petrolera, y para la creación de toda la infraestructura necesaria para hacerla posible. Esto fue, precisamente, lo que no se hizo. El dramático potencial distorsionador de semejante riqueza en el mercado de un país no preparado para utilizarla y asimilarla sanamente produjo algo que pudiera asemejarse a un cataclismo económico a la inversa. Con las súbitas y elevadas alzas de los precios del petróleo ocurridas a partir de 1974, los ingresos del Estado venezolano se multiplicaron infinitamente. El ingreso por año y por habitante llegó a alcanzar la muy elevada suma promedio de 1.700 dólares y en un lapso no mayor de diez años llovieron sobre el pequeño país recursos monetarios equivalentes al monto de quince Planes Marshall.

       Se estableció así de hecho un divorcio creciente entre el país y el Estado. Mientras el país en su mayoría siguió siendo el viejo conjunto tradicional de recursos limitados y de capacidad productiva modesta, el Estado comenzó a recibir, en forma de renta petrolera, ingresos gigantescos que le hicieron perder todo sentido de las posibilidades reales y de las proporciones efectivas. Parecía creerse que el dinero abundante podía reemplazar, con ventaja, las formas tradicionales del crecimiento de los países. El Estado, impulsado por el flujo creciente de recursos, reemplazó a la sociedad y se lanzó a realizar por sus propios medios los más descabellados planes. Aquel Estado dispendioso, al través de sus agencias y dependencias, se dedicó, de la manera más improvisada y fantasiosa, a crear y financiar todas las empresas y formas de inversión imaginables, y se creó de hecho la trágica paradoja de un país que llegó a vivir literalmente del gasto público, contradiciendo así lo que ha ocurrido en todos los países que han alcanzado el desarrollo efectivo. No se hizo crecer al país, se hizo crecer al Estado de manera caótica y monstruosa, con todas las formas imaginables de actividad subsidiada y se formó de esa manera un inmenso aparato estatal, ajeno a la sociedad y a los mecanismos normales de producción de riqueza. Tampoco hubo una política de la población a base de educación, salud y preparación para el trabajo para enfrentar este inmenso desafío, sino que predominó la política de la dádiva, del subsidio, del favor clientelar y de los proyectos faraónicos. Ni la sociedad ni la economía, en su casi totalidad dependientes de la capacidad de gasto del Estado, pudieron crecer para darle al país las bases de un desarrollo real y sostenido. La mayoría permaneció como ávida espectadora y ocasional beneficiario de la munificiencia de los gobiernos. Inmensa es la responsabilidad de los hombres que gobernaron al país en esa excepcional coyuntura, con tanta ceguedad y tan poco acierto. Muchas y grandes son las responsabilidades que incumben a los autores y factores de este desastre. La actual situación de crisis generalizada y de colapso de la Administración Pública, que tanto peligros y dificultades le presenta al país, debería ser la ocasión para replantear nuevamente, en términos eficaces y realistas, el desafío de lo que los venezolanos deben hacer y no supieron hacer con tan inmensa riqueza, que vino a convertirse en una causa de desastre.  

Critica:


En este artículo el autor hace una observación, referente a cómo los ingresos económicos del país reposan en la industria petrolera, y de cómo ésta a su vez, se está convirtiendo en una economía destructiva, ya que los demás sectores se están viendo afectados. También acota que  los recursos naturales del país se están viendo afectados debido a la explotación de la tierra. 

Él exhorta a la creación de una economía reproductiva y progresiva, donde el sector petrolero debe ayudar al resto de los sectores. Dichos sectores deben invertir totalmente en el sector agrario y al resto de la industria para evitar así ser un país dependiente del petróleo. Asegura que el buen aprovechamiento de esta riqueza e invirtiéndola debidamente, generaría un ambiente de bienestar y de desarrollo al pueblo venezolano.

Esta crítica, hace una importante reseña acerca de la economía venezolana para ese entonces, en ella se habla de que las actividades: mineras y petroleras, son las únicas que generan riquezas para cubrir las necesidades de la nación, también se comenta que la riqueza generada por estos recursos no va a ser para siempre, por eso el articulo plantea que se debe pensar a futuro, desarrollando políticas que establezcan una relación entre lo que se produce, lo que se importa y lo que se exporta para equilibrar  la situación económica del país.


Si se aprovechara de verdad la producción petrolera nacional, la situación económica del país sería distinta, ya que proponiendo distintos procesos por parte del estado, el país tomaría un rumbo hacia el equilibrio comercial ya que cada sector productivo iría tomando forma y estableciendo así una buena estructura. Si se retomaran las actividades agrícolas por completo sin descuidar los procesos hidrocarburos y mineros, generaría un impacto de crecimiento y desarrollo satisfactorio, ya que no dependeríamos sólo de la explotación  petrolera sino de la agricultura, como en tiempos anteriores, para generar riquezas destinadas al crecimiento de la nación.

Ensayo:

De Una A Otra Venezuela



    Ante los venezolanos de hoy está planteada la cuestión petrolera con un dramatismo, una intensidad y una trascendencia como nunca tuvo ninguna cuestión del pasado. Verdadera y definitiva cuestión de vida o muerte, de independencia o de esclavitud, de ser o no ser. No se exagera diciendo que la pérdida de la Guerra de Independencia no hubiera sido tan grave, tan preñada de consecuencias irrectificables, como una Venezuela irremediable y definitivamente derrotada en la crisis petrolera.

La Venezuela por donde está pasando el aluvión deformador de esta riqueza incontrolada no tiene sí no dos alternativas extremas. Utilizar sabiamente la riqueza petrolera para financiar su transformación en una nación moderna, próspera y estable en lo político, en lo económico y en lo social; o quedar, cuando el petróleo pase, como el abandonado Potosí de los españoles de la conquista, como la Cubagua que fue de las perlas y donde ya ni las aves marinas paran, como todos los sitios por donde una riqueza azarienta pasa, sin arraigar, dejándolos más pobres y más tristes que antes.

A veces me pregunto qué será de esas ciudades nuevas de lucientes casas y asfaltadas calles que se están alzando ahora en los arenales de Paraguaná, el día en que el petróleo no siga fluyendo por los oleoductos. Sin duda quedarán abandonadas, abiertas las puertas y las  ventanas al viento, habitada por alguno que otro pescador, deshaciéndose en polvo y regresando a la uniforme desnudez de la tierra. Serán ruinas rápidas, ruinas sin grandeza, que hablarán de la pequeñez, de la mezquindad, de la ceguedad de los venezolanos de hoy, a los desesperanzados y hambrientos venezolanos de mañana.

Y eso que habrá de pasar un día con los campamentos de Paraguaná o de Pedernales hay mucho riesgo, mucha trágica posibilidad de que pase con toda esta Venezuela fingida, artificial, superpuesta, que es lo único que hemos sabido construir con el petróleo. Tan transitoria es todavía, y tan amenazada está como el artificial campamento petrolero en el arenal estéril.

Esta noción es la que debe dirigir y determinar todos los actos de nuestra vida nacional. Todo cuanto hagamos o dejemos de hacer, todo cuanto intenten gobernantes o gobernados debe partir de la consideración de esa situación fundamental. Habría que decirlo a todas horas, habría que repetirlo en toda ocasión. Todo lo que tenemos es petróleo, todo lo que disfrutamos no es sino petróleo casi nada de lo que tenemos hasta ahora puede sobrevivir al petróleo, lo poco que pueda sobrevivir al petróleo es la única Venezuela con que podrán contar nuestros hijos.

Eso habría que convertirlo casi en una especie de ejercicio espiritual como los que los místicos usaban para acercarse a Dios, para llenar sus vidas de la emoción de Dios. Así deberíamos nosotros llenar nuestras vidas de la emoción del destino venezolano. Porque de esa convicción repetida en la escuela, en el taller, en el arte, en la plaza pública, en junta de negociantes, en el consejo del gobierno, tendría que salir la incontenible ansia de la acción. De la acción para construir en la Venezuela real y para la Venezuela real. De construir la Venezuela que pueda sobrevivir al petróleo.

Porque desgraciadamente hay una manera de construir en la Venezuela fingida que casi nada ayuda a la Venezuela real. En la Venezuela fingida están los rascacielos de Caracas. En la Venezuela real están algunas carreteras, los canales de irrigación, las terrazas de conservación de suelos. En la Venezuela fingida están los aviones internacionales de la Aeropostal. En la Venezuela real están los tractores, los arados, los silos.

Podriamos seguir enumerando así hasta el infinito. Y hasta podríamos hacer un balance. Y el balance nos revelaría el tremendo hecho de que mucho más hemos invertido en la Venezuela fingida que en la real.

Todo  lo que no puede continuar existiendo sin el petróleo está en la Venezuela fingida. En la que pudiéramos llamar la Venezuela condenada a muerte petrolera. Todo lo que pueda seguir viviendo, y acaso con más vigor. Cuando el petróleo desaparezca, está en la Venezuela real.

Si aplicáramos este criterio a todo cuanto en lo público y en lo privado hemos venido haciendo en los últimos treinta años, hallaríamos que muy pocas cosas no están, siquiera parcialmente, en el estéril y movedizo territorio de la Venezuela fingida.

Preguntémonos por ejemplo si podríamos, sin petróleo, mantener siquiera un semestre nuestro actual sistema educativo. ¿Tendríamos recursos, acaso para sostener los costosos servicios y los grandes edificios suntuosos que hemos levantado? ¿Tendríamos para sostener una ciudad universitaria? ¿Tendríamos para sostener sin restricciones la gratuidad de la enseñanza desde la escuela primaria hasta la Universidad? Si nos hiciéramos con sinceridad estas preguntas tendríamos que convenir que la mayor parte de nuestro actual sistema   educacional no podría sobrevivir al petróleo. Sin asomarnos, por el momento, a la más ardua cuestión, de si ese costoso y artificial sistema está encaminado a iluminar el camino para que Venezuela se salve de la crisis petrolera, está orientado hacia la creación de una nación real, y está concebido para producir los hombres que semejante empresa requiere.

Parecida cuestión podríamos planteamos en relación  con las cuestiones sanitarias. ¿Todos esos flamantes hospitales, todos esos variados y eficientes servicios asistenciales y curativos, pueden sobrevivir  al petróleo? Yo no lo creo.

La tremenda y triste verdad es que la capacidad actual de producir riquezas de la Venezuela real está infinitamente por debajo del  volumen de necesidades que se ha ido creando la Venezuela artificial. Esta es escuetamente la terrible realidad, que todos parecemos empeñados en querer ignorar. Por eso la cuestión primordial, la primera y la básica de todas las cuestiones venezolanas, la que  está en la raíz de todas las otras, y la que ha de ser resuelta antes si las otras han de ser resueltas algún día, es la de ir construyendo una nación a  salvo de la muerte petrolera. Una nación que haya resuelto victoriosamente su  crisis petrolera que es su verdadera crisis nacional.

Hay que construir en la Venezuela real y para la Venezuela permanente y no en la Venezuela artificial y para la Venezuela transitoria. Hay que poner en la Venezuela real los hospitales, las escuelas, los servicios públicos y hasta los rascacielos, cuando la Venezuela real tenga para rascacielos. De lo contrario estaremos agravando el mal de nuestra dependencia, de nuestro parasitismo, de nuestra artificialidad. Utilizar el petróleo para hacer cada día más grande y sólida la Venezuela real y más pequeña, marginal e insignificante la Venezuela artificial.¿Quién se ocuparía de curar o educar a un condenado a muerte? ¿No sería una impertinente e inútil ocupación? Lo primero es asegurar la vida. Después vendrá la ocasión de los problemas sanitarios, educacionales, asistenciales. ¿De qué valen los grandes hospitales y las grandes escuelas si nadie está seguro de que el día en que se acabe el petróleo no hayan de quedar tan vacíos, tan muertos, tan ruinosos, como los campamentos petroleros de Paraguaná o de Pedernales?

Lo primero es asegurar la vida de Venezuela. Saber que Venezuela. o la mayor parte de ella, ya no está condenada a morir de muerte petrolera. Hacer todo para ello. Subordinar todo a ello. Ponernos todos en ello.


Critica:


El reflexivo Arturo Uslar Pietri habla en su ensayo “De una a otra Venezuela” sobre dos Venezuela completamente distintas. Una es la “Venezuela Fingida”, a la que describe como la Venezuela en la que vivimos ciegamente, un país donde los sistemas de servicio público como la educación y sanidad, son totalmente dependientes del petróleo, el producto no renovable del cual se basa la economía de este país. El autor resalta también que la “Venezuela Fingida” es consumista y derrochadora y que se encuentra condenada a muerte, ya que cuando se acabe el petróleo las necesidades de este país no podrán ser saciadas.

El autor también nos habla de una “Venezuela Real”, que es aquella donde se encuentran las empresas, industrias y el campo productivo, que son los generadores de riqueza permanente, es decir, es aquella Venezuela que no depende de la renta petrolera.

El autor resalta una triste verdad que llama a la reflexión, y es que la capacidad de producir riquezas de la “Venezuela Real” se encuentra infinitamente por debajo de las necesidades que se han creado en la “Venezuela Fingida”. De ahí la gran verdad de la frase “debemos sembrar el petróleo”, que quiere decir que debemos invertir el petróleo en una Venezuela productora, en la Venezuela real.  Por esta razón Arturo Uslar Pietri  hace un llamado a la conciencia de los gobernantes, políticos y empresarios, para que cada día dependamos menos del petróleo, para que creemos una Venezuela fuerte que pueda cubrir las necesidades de los venezolanos sin siquiera pensar en el petróleo.

A continuación...

Poseemos un link para darnos a conocer una breve parte de las opiniones de Uslar Pietri.

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